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LA POESÍA DE JAIME SABINES Y SUS GRANDES TEMAS.

Una aproximación filósofica y científica.

Por Iliana Godoy.

¿ Ideas en la poesía ?

Tanto el filósofo como el poeta buscan una interpretación universal del ser humano y del mundo; ambos son seres con hambre de absoluto.

La diferencia entre ellos consiste en que el filósofo aspira a una construcción discursiva, que lo conduce a un sistema de pensamiento; mientras que el poeta consigue una expresión estética e intuitiva de las verdades humanas, encarnadas en el monumento verbal del poema, el cual refleja los anhelos inconscientes de la humanidad. El filósofo desarrolla, el poeta crea; el filósofo camina, el poeta vuela.

Respecto a la ciencia, sabemos que estamos en el umbral de un nuevo para-digma, que ha abandonado la concepción mecanicista de las llamadas ciencias “duras”, para entrar en un modelo relativista y cuántico, que considera fundamen-tal la interacción entre la conciencia y los fenómenos a investigar; el observador se ha convertido en participante, y con su medición afecta aquello que mide.

Tanto en la filosofía como en la ciencia rigen las ideas y el desarrollo lógico del pensamiento, aunque el pensamiento paradójico tiende a infiltrarse cada vez más en este universo, impenetrable antes.

Cabría preguntarnos ¿hay ideas en la poesía? y responder, siguiendo a Ma-llarmé, que la poesía se hace con palabras, no con ideas.1 Sin embargo, es inne-gable que las ideas subyacen en el trasfondo poético. Recordemos el caso cum-bre del Primero Sueño de Sor Juana, donde la compleja arquitectura poética tiene por objeto exponer las ideas científicas y filosóficas de la autora; recordemos tam-bién, el gran poema Muerte sin fin, de José Gorostiza, donde el ser se manifiesta en esa continua alternancia entre vida y muerte, y Dios es el vaso providente, la forma que limita el fluir de la vida y, al mismo tiempo, la energía ilimitada que se reintegra al todo después de la muerte. Muerte sin fin es una indagación filosófica, y la expresión de una poética, donde el verso es el vaso que hace brillar la idea.

1 Paul Valery dijo de Mallarmé, a propósito de su libro Les mots anglais:

Me parecía a veces, que él hubiese pesado, mirado una a una, todas las palabras, como un lapidadrio sus piedras, ya la sonoridad, el brillo, el color, la limpidez, el al-cance de cada una, y yo diría casi su oriente.

Vease el prólogo de José Lezama Lima en: Mallarmé, Antología, Editorial Alberto Corazón, Colec-ción Visor de poesía, Madrid, 1971.pp. 11-19.

Sabemos, siguiendo a Jakobson,2 que la función poética del lenguaje consiste en que el mensaje encarna de manera indisoluble en el poema, visto como un dis-curso verbal autorreferencial, donde el sentido se cumple en el poema mismo; de allí la cualidad intraducible de la poesía; toda traducción es una recreación y una aproximación al poema original.

Sin embargo, Jakobson reconoce que en la poesía aparecen también otras fun-ciones del lenguaje, aunque predomine necesariamente la función poética. Vea-mos la siguiente cita:

…el estudio lingüístico de la función poética tiene que rebasar los lí-mites de la poesía, al mismo tiempo que la indagación lingüística de la poesía no puede limitarse a la función poética.3

La poesía tiene un contenido que refuerza su eficacia comunicativa, mediante el manejo formal de sonido y ritmo; de allí el gran poder persuasivo del poema que nos conmueve, gracias al arte verbal que constituye su esencia. Ni el poeta, ni el lector pueden separar forma de contenido, pero es evidente que ambos niveles existen en el mensaje poético.

A nivel comunicativo coexiste la dualidad entre las ideas expresadas de manera informativa y aquellas que se desprenden de la contemplación de la obra artística.

El pensador inglés Herbert Read4 formula la pregunta: ¿Qué fue primero, la imagen o la idea?, entendiendo por imagen toda configuración estética, ya sea en plástica, en poesía o en música. Según afirma Read, la imagen fecunda a la idea a través de la obra artística; en otras palabras, la intuición del artista precede a la formulación teórica. Si esto es cierto la filosofía se nutre, sin saberlo, de las reve-laciones que el artista ha materializado antes que nadie.

2 Jakobson, en su ensayo Lingüística y poética, analiza las funciones del lenguaje, caracterizándo-las de la siguiente manera:

Referencial (denotativa) emotiva (depende de la enunciación), fática (ratifica la continuidad de la comunicación), conativa (imperativo), metalingüística (reflexiona sobre el lenguaje) y poética (se identifica con el mensaje).

Según Jakobson, la poesía proyecta las equivalencia, desde el eje de la selección (semántica), hacia el eje de la combinación (secuencia fónica).

Estas funciones aparecen combinadas en los diferentes tipos de discurso, así la función poética del lenguaje no es exclusiva de la poesía, recordemos el lema de campaña política I like Ike, donde la simetría fónica refuerza la eficacia del mensaje, más allá de su significado semántico.

Ver: Roman Jakobson, Ensayos de lingüística general. pp. 347-395.

3 Ibid. pp. 359-359.

4 Herbert Read estudioso de la relación entre el arte y su contexto, es autor, entre otros, de los libros Imagen e idea y Arte y sociedad.

Si, tomando la posición contraria, proponemos que la filosofía acaba por im-pregnar el espíritu de los tiempos, entonces el poeta es quien, dando un salto al vacío, encarna la abstracción filosófica en la vivencia intensa del poema, y así, entre líneas y mezclada indisolublemente con la emoción, la idea se comunica, mediante la obra, a quienes, como él, no han leído a los filósofos.

Esta disyuntiva entre la preeminencia de la imagen o la idea es parecida al fa-moso enigma de qué fue primero si el huevo o la gallina. Lo más sensato, en am-bos casos, es pensar en que se trata de manifestaciones complementarias, que se iluminan una a la otra, con sus distintos recursos: discursivos, en la filosofía y en la ciencia; estéticos en el arte.

La diferencia radical que parece existir entre ciencia y arte no se ve tan profun-da cuando pensamos en la forma en que Arquímedes descubrió las leyes de flota-ción, relajado en su tina de baño; o cómo Galileo atisba la ley del péndulo, al medir el tiempo de oscilación de un candil de iglesia, con las pulsaciones de su corazón. Difícilmente se encuentran experiencias más poéticas que éstas, sólo que los su-jetos que las vivieron, las llevaron por el camino de la ciencia, según sus inclina-ciones. La creación, ya sea artística, filosófica o científica, tiene siempre las mis-mas bases.

Pensamos que la postura de un creador como Jaime Sabines es la de quien percibe, como un instrumento de alta sensibilidad, el espíritu de su tiempo, sin ne-cesidad de estudiar teóricamente las constantes que lo caracterizan.

Nada más ajeno a la filosofía, aparentemente, que esta poesía, enemiga de to-da pretensión intelectual o elitista, defensora del lenguaje directo y de la inmedia-tez de las sensaciones, en contra de cualquier especulación. Sabines ha dicho, irónicamente que hay dos tipos de poetas, aquellos que traducen infinitamente las impresiones a imágenes y metáforas, y aquellos que, al tropezar con una piedra, exclaman: ¡Pinche piedra!, Sabines es de estos últimos. A lo largo de su tra-yectoria, se ha ufanado de no frecuentar los laberintos del pensamiento ni el car-naval de la cultura, ni los círculos o circos literarios.5

Sabemos que a un verdadero artista le basta con las lecturas fundamentales para ensanchar su marco de referencia hasta dimensiones insospechadas, que lo convierten en un innovador, aunque él no se lo proponga.

Detrás de la espontaneidad y la frescura de Sabines, leyendo entre líneas, ve-mos claramente la recurrencia de ciertos temas en su poesía: la identidad, el tiem-po, la elección, la libertad, la muerte y Dios; temas indudablemente filosóficos, to-dos ellos hilvanados a la experiencia cotidiana, hecha de soledad, encuentros y desencuentros.

Conscientes de la imposibilidad de traducir la poesía en ideas, veremos de que manera encarnan ideas cienntíficas y filosóficas recientes en la obra de este gran poeta intemporal del siglo XX.

5 En la reciente publicación bilingüe de la poesía de Sabines, titulada Pieces of shadow, el editor Mario del Valle nos habla de las lecturas fundamentales del poeta: Las mil y una noches, La Biblia, y más tarde: Goethe, Shakespeare, Dostoievski, Tagore y Joyce. Como poetas, Sabines admira a Vallejo y a Neruda.

Respecto a las influencias, dice Sabines: los escritores no te dejan copiar su estilo, si acaso, su libertad.

Soy mi cuerpo, soy ninguno

En repetidas ocasiones Sabines afirma, a través de su poesía: Yo soy mi cuer-po:

Hígado y tripas soy, vísceras, sangre,

corazón ensartado en cada hueso.

El poeta sabe esto, no desde una postura materialista, sino desde la postura vi-talista que exaltó el filósofo francés, Henri Bergson,6 contraria al mecanicismo que consideraba al cuerpo como una maquinaria; en su concepto de la evolución crea-dora, Bergson hace énfasis en la vocación autopoiética y autogestiva de la vida, que se crea y se recrea a sí misma, desde la fijeza de los vegetales, al desarrollo del instinto en los animales, y que culmina con la libertad humana, manifiesta co-mo pura potencialidad.

El ser viviente, nos dice Bergson, es el centro de la acción; representa una su-ma de contingencias que entran en el mundo; esto es, cierta cantidad de acción posible. Así, la vida es mucho más que un mecanismo, y en el ser humano el élan o impulso vital es mucho más que instinto. Aunque el pensamiento se genere en el cerebro, la mente humana trasciende cualquier interpretación mecanicista o fun-cional. Ejemplo de ello es el fenómeno de plasticidad cerebral. Cuando el encéfalo se daña parcialmente, la fuerza vital y creadora del organismo transfiere las fun-ciones afectadas a otra región cerebral, la cual, gracias a su plasticidad, es capaz de regenerar lo perdido y restaurarlo.

Si comparamos este comportamiento humano con el funcionamiento de las má-quinas, entonces, a raíz de un colapso mecánico, un engrane podría funcionar como palanca, y un depósito como generador, lo cual es imposible, porque en la mecánica, cada elemento corresponde a una función.

El poeta conoce la sabiduría del cuerpo y la venera. Corazón ensartado en cada hueso, significa latido, calor y movimiento, que dan vida a la inercia mineral, here-dada por nuestra osamenta, con vestigios minerales del mundo inorgánico.

Sabines es capaz de interiorizarse en el cuerpo, al grado de convertir su propia fisiología en imagen poética, donde el torrente sanguíneo baña de vida al esquele-to.

En otro fragmento, el poeta afirma:

Aquí estamos todos fermentados / brotándonos por todo el cuerpo el alma, por-que, efectivamente, el cuerpo humano está imbuido de espíritu, a tal grado que los pensamientos nos pueden enfermar o sanar, como lo está demostrando la medici-

6 Henri Bergson (1859-1941) postula un método intuitivo de aproximación a la realidad, contradi-ciendo con esto al positivismo en boga. Bergson se refiere a los datos inmediatos de la conciencia como punto de partida para la filosofía; según este pensamiento la realidad psíquica se caracteriza por la temporalidad y la duración, y la inteligencia tiende hacia una metafísica de la creación. Entre sus libros, destacan Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia (1889), Materia y memoria (1896), La risa (1900), La evolución creadora (1907).

na cuántica.7 El cuerpo es, entonces, la manifestación material del alma, que lite-ralmente nos brota por los poros.

Es así que el poeta, consciente de la fuerza interior que lo habita, se asombra de que su cuerpo sea el extraño recipiente de esa vastedad de pensamientos y sentimientos, especialmente cuando nos posee el frenesí de la ebriedad o de la autoconciencia. Esta extrañeza primordial es la condición sine qua non tanto del filósofo, como del poeta, quien confiesa:

Desde mi cuerpo grito noche a noche, me espanto

de que sean míos mis brazos,

de que yo sea mi cuerpo, tan ajeno, tan largo

…………………………………….

Esta disociación surge cuando la autoconsciencia se eleva a un alto grado de abstracción o de ensueño lúcido, porque entonces, trasladado a otra dimensión, el pensamiento parece lejano al cuerpo y lo trasciende, llegando en algunos casos a producirse un desdoblamiento del yo.8 Siguiendo de nuevo a Bergson, la cadena fatal del instinto se rompe cuando se llega al despertar humano de la conciencia. Este poder observarse a sí mismo, base de la introspección y de la reflexión, es el privilegio humano que alimenta la memoria. Nos observamos necesariamente de-venir en el tiempo, y declinar hasta morir. Sólo la duración, percibida a través de la memoria, nos defiende del continuo despojo. Esta ilusión no parece confortar a Sabines, quien prefiere, al acecho, descubrir la ruptura de su continuidad para al-canzar el asombro de sí mismo

En el poeta, tan grande es la capacidad de observarse a sí mismo como la ca-pacidad de verterse hacia el exterior; él es capaz de disolver su yo entre los de-más y, así, poner en duda su propia existencia. Por eso Sabines dice: no soy este o el otro, soy ninguno

Con esta habilidad proteica, el poeta es ninguno, porque su condición es obser-var, estar en todas partes, participar de todo, y renunciar – como los amorosos -, a toda conformación, convencido de que todos los roles terminan por ser insoporta-bles. La humanidad entera, alguna vez, ha dicho con Neruda: Sucede que me canso de ser hombre, o mujer, según el caso.

El cráneo del tiempo.

De estirpe Heracliteana, son los siguientes versos, que hablan del devenir, por-que, como sabemos por el antiguo griego, Nadie se baña dos veces en el mismo río:

7 La medicina cuántica se basa en la influencia que puede tener el pensamiento sobre la energóa del organismo. Uno de los representantes más importantes de esta corriente es Deepak Chopra.

8 El tema del desdoblamiento es tratado por Carlos Castaneda en El arte de ensoñar, y por Jacobo Grinberg en Los chamanes de México, Vol. 7, El doble.

Agua del tiempo que corre, muerte abajo,

tumba abajo, no volverá.

El devenir universal afecta intensamente la vida, puesto que el ser humano, se-gún la filosofía existencialista, es el único ente que se formula la pregunta sobre el ser, y al contrastar la finitud de su existencia con lo infinito del tiempo el ser huma-no vive la experiencia de la angustia, que no es otra cosa sino la confrontación del hombre con la nada; la vecindad con el vacío, con el no ser, que actualiza la pre-sencia de la muerte dentro de la vida. Ya Quevedo vivía intensamente este drama del devenir, al definirse él mismo en un soneto: presentes sucesiones de difunto. Este sentimiento conforma la historicidad y la temporalidad humanas, que el exis-tencialismo marca como condiciones irrenunnciables. Oigamos a Sabines :

Uno quisiera encender cuatro cirios

en las esquinas de la cama, al levantarse,

para velar el cadáver diario que dejamos…

….

Es el velado remordimiento del cadáver del día no aprovechado a fondo, fingi-do, enmascarado, que nos reclama desde la eternidad su incumplimiento y su vacío.

No sirve la memoria en esta poesía, no hay reconstrucción posible, no hay re-composiciones ni eufemismos; estamos ante la irreversible consunción del fuego, porque el poeta se coloca a la intemperie, desnudo de sus defensas, a merced del advenimiento de la palabra justa, que irrumpe como un rayo iluminando con su luz terrible las verdades del hombre.

Y finalmente se concluye que lo único cierto es el presente, que con su energía dionisíaca nos invita a consumirlo y consumirnos en un estallido de presencias que se fusionan. Aceptemos la invitación que nos hace el poeta:

Yo, el último, os invito / a bailar sobre el cráneo del tiempo.

La poesía de Sabines se debate entre dos alternativas en el uso del tiempo:

La primera es el reposo, que conduce a la contemplación, con esa indiferencia tan cercana al estoicismo prehispánico, donde lo importante es no moverse, pase lo que pase. No sentirse afectado por lo circunstancial, para alcanzar ese estado de serenidad que sólo se alcanza cuando se han anulado todos los deseos.

La segunda es la disolución dionisíaca que, mediante el paroxismo de la sen-sación y de la emoción, logra borrar en nosotros la angustia de transcurrir camino de la muerte.

He aquí que no sabemos

Hay en esta poesía un profundo escepticismo, pues todo es apariencia y confu-sión. El poeta no se conforma con la aproximación fenomenológica, postulada por

Husserl;9 su ambición de saber es absoluta, y ante la imposibilidad del conoci-miento al menos denuncia esta impotencia, dando un golpe radical a quienes, con fatuidad, pretenden que saben:

Hablemos poco a poco. Nada es cierto.

Nos confundimos, apenas si alcanzamos

a decir la mitad de esto o aquello.

Nos ocurren las cosas como a extraños

y nos tenemos lejos.

He aquí que no sabemos.

Lo más sensato, entonces es aspirar a la sabiduría, fluir sin resistencia, hasta confundirnos con el devenir, como lo recomienda el Tao milenario: dar vida sin tomar posesión, actuar sin apropiarse.10

De acuerdo con la teoría de la relatividad, sabemos que si nos movemos a la misma velocidad que nuestro marco de referencia, no sentiremos el movimiento, tendremos la ilusión del reposo, porque el movimiento se expresa como diferencia de velocidades. Si consiguiéramos fluir al ritmo del tiempo viviríamos en un eterno presente y no sentiríamos el devenir.

No enumerar, ni descifrar. Alcanzar a la vida en esa recóndita sencillez de lo simultáneo, recomienda Sabines.

Excepcionalmente, logramos instalarnos en el tiempo presente. Entonces tene-mos la extraña sensación de que todo converge y se arma como un rompecabe-zas, cuya configuración sucesiva estamos a punto de adivinar a cada paso. Este fenómeno recibe el nombre de sincronicidad, definida por Karl Pribram como las ocurrencias incidentales que parecen tener cierta finalidad o conexión superior, dentro del nuevo paradigma holográfico que se aplica tanto al cerebro humano como a las partículas subatómicas en la física cuántica.11

El paradigma holográfico sostiene que la información del todo está contenida en cada una de sus partes, como lo proponía la imagen hindú del cielo, donde cada estrella era como una perla, en cuya superficie se reflejaban todas las demás; en-tonces, si el poeta es capaz de comunicarse a profundidad con un solo detalle, al interior o al exterior de sí mismo, es capaz de comunicarse con el todo; el proble-ma es que el poeta no es un místico, es un ser emocional, movido por el viento de las pasiones y consciente de la angustia que significa vivir. Por eso en el poeta

9 Husserl es el padre de la fenomenología, cuya aportación sustancial consiste en sostener que lo único que conocemos son los fenomenos y no la “cosa en sí”. Su pensamiento influye posterior-mente en el existencialismo de Heidegger.

10 Ver: Lao Tse, Tao te Ching. p. 22.

11 Ver: Marilyn Ferguson, La realidad cambiante de Karl Pribram, en El paradigma holográfico de Ken Wilber et al. p. 37.

estos estados son excepcionales, y su ánimo fluctúa entre la serenidad y el pa-roxismo.

Respecto al orden y el azar, Sabines coincide con las teorías más modernas que concilian a la física cuántica con el pensamiento, pues, según se sabe, la me-cánica cuántica excluye toda posibilidad de previsión rigurosa de los fenómenos a partir de fenómenos actuales, a raíz del principio de incertidumbre postulado por Heisenberg; al medir modificamos el estado del sistema.

Por lo tanto la observación nunca puede ser objetiva, ya que el observador es parte activa en el fenómeno observado.12

Llevando estas consideraciones de la mecánica cuántica al terreno de la inter-acción del pensamiento con los fenómenos observados, el Dr. Jacobo Grinberg,13 (recientemente desaparecido, en un viaje a la India) desarrolla la teoría sintérgica, cuyo principio sostiene que el pensamiento crea una matriz energética que interac-túa con la red original del espacio tiempo, produciendo en ella modificaciones; cuanto mayor es la fuerza del pensamiento, mayor será su poder de transforma-ción de la materia y la energía. Esta fuerza del pensamiento se incrementa por medio de la meditación, que aumenta la coherencia entre ambos hemisferios ce-rebrales.

Lo que llamamos azar es el producto de la interacción del pensamiento con el exterior. Esto es lo que expresa Sabines en dos sintéticos y espléndidos versos:

El azar no es más que instrumento del orden,

la casualidad, un disfraz de la meditación.

Si la casualidad es disfraz de la meditación resulta que el azar no existe, pues toda configuración, por caótica que parezca, responde a la interacción entre reali-dad exterior y pensamiento.

Dentro del mismo orden de conocimiento se encuentra la intuición sintética y to-talizadora, que, inducida por estímulos emocionales, sintoniza el pensamiento con las vibraciones originales del cosmos. Los amantes lo saben, porque:

algún día despiertan sobre brazos

piensan entonces que lo saben todo.

Se ven desnudos y lo saben todo.

12 En 1927, Werner Heisenberg postuló su principio de indeterminación, a nivel subatómico, dando origen a la generalización de la teoría que postula lainfluencia del observador sobre todo lo obser-vado. De este modo se diluye la frontera entre lo subjetivo y lo objetivo.

Ver: Michel Talbot. Misticismo y física moderna. pp. 27-48.

13 Según Grinberg, el cerebro humano es un modelo holográfico del universo, cuya matriz energé-tica (lattice del espacio tiempo) puede alcanzarse por medio de la meditación.

Ver: Jacobo Grinberg-Zilberbaum, La teoría sintérgica.

Esta iluminación es momentánea y provisional, pues al éxtasis sigue la cotidia-neidad, y aquel recuerdo de plenitud queda como una huella de lo inalcanzable, porque, pasado el arrebato:

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,

no encuentran, buscan.

Dentro de esta negación del conocimiento absoluto, y de la interacción entre pensamiento y realidad, ¿donde se encuentra el pensamiento del poeta?. Nos res-ponde Sabines:

Sobre una cuerda floja,

de balcón a balcón,

de mano a mano de lo innombrable.

La incesante opción

Habría que bailar ese danzón que tocan en el cabaret de abajo, piensa Sabi-nes, solitario en su cuarto, confinado, sin hambre ni deseo, al borde del vacío exis-tencial; acosado por lo amorfo de la experiencia de simplemente estar allí y dejar pasar el tiempo.

El existencialismo ha insistido en que el sentimiento del yo es una vivencia que se intuye a partir de la propia experiencia; según Heidegger14 la existencia del hombre es dasein, ser-en-el-mundo; ser uno mismo en la intimidad del yo, y ade-más ser con los otros y con lo otro; transcurrir condenados a finitud y parcialidad, anhelantes de infinito.

La existencia es una dinámica impelida irrevocablemente hacia la acción; la existencia humana no es algo dado, es algo que debe esculpirse, como afirmaba Nietzsche: el hombre es un proyecto de sí mismo. Si el ser humano renuncia a la lucha por construir su propia existencia cae en el lugar común y se deshabita a sí mismo, despersonalizándose.15

Esto es, precisamente, lo que desespera a Sabines: la imposibilidad de ser con los otros, de ser como los otros y rechazar el aislamiento que lo lleva a sentirse tufo de literato, existencia ficticia que con gusto cambiaría por gritar en la calle o

14 Martín Heidegger es el padre del Existencialismo, recibe influencias de Kierkegaard en cuanto al concepto de existencia; de Husserl toma el método fenomenológico.

Su obra más difundida es El ser y el tiempo (1927).

15 A Nietzsche, autor de El origen de la tragedia (1872); Consideraciones intempestivas (1873); Así habló Zaratustra (1884) se debe la teoría del superhombre, que consiste en la afirmaciónn de la voluntad de poder de los más capaces, para dominar a los débiles, construyendo así una sociedad aristocrática, en lugar de democrática.

Ver: Nietzsche, Así habló Zaratustra.

por tener un hijo o un perro. Nada más lacerante que la pausa de la indefinición, la multiplicidad de caminos que se ofrecen a la inercia del no hacer.

Dejando a un lado las poses literarias, Sabines se sabe poeta, sabe que de ese destino solitario no lo salvarán ni el trabajo, ni los honores, ni las mujeres, ni los hijos. Sucede que el poeta se compromete a medias, sabe que finalmente como arriba es abajo, y le resulta difícil creer porque sí en las cosas; el poeta propone radicalmente:

Quiero que despiertes, nada más

para que veas que todo es inútil.

Habría que bailar ese danzón para aturdirse al menos.

La necesidad de acción arrastra a todos los que vamos a vendernos, como de-nuncia en Tarumba, porque la marcha no puede detenerse aunque su sentido sea enajenante; leemos: del corazón me jalan con una aguja / me clavan un diente en el ojo, tal es la violencia por defender un estatus, por desempeñar un rol, ya que ser poeta nunca es suficiente.

La condición humana del poeta lo hace receptor de todas la solicitaciones, es el mas solitario y, a la vez, el más solidario de los hombres:

No puedo negarme a lo que viene

con manos a tocarme.

Porque ser en el mundo es compartir, beber del mismo cáliz; sentirnos jubilo-samente embarazados con la cojita, simples y puros como la tía Chofi, con cuya muerte, la gloria debería existir por decreto poético.

Sobre la trascendencia de la elección, el poeta sabe que lo único importante es su poesía; ante lo que tiene que decir, lo demás se vuelve irrelevante, y así lo di-ce:

Todos hacen que viven o que mueren

yo hago que hago

Libertad condicional

Ante el continuo empuje de las circunstancias que impelen al ser humano hacia la acción, el poeta y el filósofo se inclinan más a observar, a mantenerse al mar-gen de la vorágine que no conduce a ningún lado. Son infinitas las opciones, pero es muy grande la tentación de la neutralidad, que nos permite mirar las cosas desde otra altura. Recordemos que Sor Juana tuvo que elevarse sobre una pirá-mide mental de luz para contemplar el mundo.

¿ Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo / y no tengo ganas sino de mirar y mi-rar ? dice Sabines, postergando contra natura la acción inevitable que nos arrastra en su movimiento, aunque sea sólo para sobrevivir.

A través del múltiple desdoblamiento que representa Tarumba, se desenvuelve el contraste entre el yo social, externo y rutinario, que cumple un rol y habita en un pueblo, y el ser auténtico, instintivo y crítico, que es el yo poético. Cuando Sabi-nes se cansa de esta dualidad desea fugarse, sin ser visto, hacia la libertad:

Lo único que no sé es cuándo nos iremos,

Tarumba, por un subterráneo,

al mar.

Para sobrevivir en sociedad el poeta hace concesiones, le vende su alma al diablo por las cosas más nimias; luego todo le estorba y quiere despojarse de sí mismo: Ando buscando a quién regalarle mi alma / mi destino, mi muerte. Tal vez esta necesidad se satisfaga un poco al escribir poesía, saber que otros la leen y es posible transferirles algo de nuestro lastre

La verdadera vocación que debiéramos asumir es la de la libertad. No lo hace-mos porque el vivir en sociedad implica hacer concesiones. Heredamos una estir-pe, un nombre, una tradición; heredamos la moral, el pecado original y el senti-miento de culpa; convertimos la desmesura del amor en la institución del matrimo-nio, todo en beneficio de la estabilidad social. Como dice Sabines, adoptando una postura radical, única que en el fondo corresponde al poeta:

que no te esclavicen ni tu ombligo ni tu sangre,

ni el bien ni el mal,

ni el amor consuetudinario.

Y, radicalizando aún más este credo libertario, Sabines reconoce que el acto más libre que se puede realizar es elegir el cuándo y el cómo de nuestra muerte, en vez de aguardar el designio que nos impone un límite desde fuera, así el poeta afirma:

Lo más profundo y completo que puede expresar el hombre no lo hace con pa-labras sino con un acto: el suicidio.

Obsesión de la muerte

Es sin duda la muerte una obsesión que acosa al poeta Jaime Sabines. Se pre-senta en diferentes formas, por momentos mezclada con lo más cotidiano, o bien confundida con el mismo Dios, a quien actualiza, como límite de la vida humana. Esa urgencia, presente a lo largo de sus libros, por tener algún signo patente de Dios, sólo puede calmarse con la muerte, que se acerca tumultuosa a través del mar, profunda a través de la tierra y entrañable a través de los huesos del hombre.

En ninguno de estos poemas se atisba la vida eterna del alma, separada del cuerpo. Hay, si acaso, un deseo de que exista el más allá, pero al final, el sepulcro es el ámbito definitivo para mirar el mundo desde la otra dimensión.

Esta idea nos recuerda las ofrendas a los difuntos, a quienes procuramos los placeres mundanos de su predilección; en una de las letanías que dedica Sabines a la muerte de su padre, sentencia que carente de agua y alimento, no podrá mo-rir.

Después de rebelarse y desesperarse ante lo irremediable, lo único evidente es que no vuelve, no retorna el polvo de oro de la vida. Esto aproxima a Sabines a la posición agnóstica, donde no se puede afirmar nada que no se pueda comprobar.

Para Sabines, la muerte es un nuevo nacimiento, cuyos atributos ignoramos; en el poema Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, dice a su padre recién muerto:

Recién parido en el lecho de la muerte,

Este poema es uno de los más intensos de nuestra literatura, en especial, el canto primero de la segunda parte, donde, con un realismo descarnado nos pre-senta la descomposición del ser amado, sin morbosidad y sin concesiones, dando rienda suelta al dolor, porque es inaceptable la afrenta de la muerte.

Parecería que el alma se desprendiera de la materia a través de ese proceso, como si el alma fuera una emanación del cuerpo en el sepulcro. Tal es lo que su-gieren estos versos: Todo tú sumergido en humedad y gases / haciendo tus dese-chos, tu desorden, tu alma. El alma ajena, inaccesible para los vivos, que nos que-damos irremediablemente solos, atenidos a nuestra memoria frágil.

Hay cierto paralelismo entre esta visión y el concepto prehispánico del camino que debían recorrer los muertos para purificarse, sometiéndose a duras pruebas, como un equivalente al purgatorio católico; este purgatorio lo ubica Sabines al in-terior de la tumba, en el arduo proceso de la desintegración de la carne.

El que sobrevive se asume como testigo de la muerte, y si es poeta, se sabe designado para elaborar ese testimonio. Fatalmente, Sabines, en un tono bíblico, da testimonio del martirio de su padre, y da testimonio de su propia muerte diaria, donde cada renacimiento lo conduce, como al Sísifo de su poema, a enfrentarse de nuevo con la muerte gloriosa.

He aquí que me desnudo para habitar mi muerte

….

El incendio de Dios

Hay un cisma en el pensamiento moderno, cuando Nietzsche afirma la muerte de Dios. Su expulsión como causa primera y finalidad última de la ciencia, la histo-ria y la filosofía, produjo su relego al campo exclusivo de la religión. De aquí en adelante el único posible acercamiento a Dios será la fe, mas no la fe apoyada por la razón y los argumentos teológicos, sino la fe sencilla de quien, sin mediación alguna, percibe su presencia.

Como hombre de su tiempo, Sabines está inoculado de escepticismo. Así, en su poema sobre la muerte de tía Chofi, sentimos la distancia que lo separa de aquella inocencia dogmática dispuesta a creer sin explicaciones.

No es la humildad, evidentemente, una característica del poeta; él, un pequeño Dios, quiere algún signo, no se conforma con ser un simple juguete de la experi-mentación divina; recordemos a José Gorostiza, en Muerte sin fin, cuando alude a la indiferencia de Dios respecto a la enfermedad y a la muerte.

El poeta se sabe un ser con libre albedrío, sabe que para realizarse en el mun-do debe aceptar su finitud y la necesidad de construirse a diario, postulada por el existencialismo. A cambio de la angustia que esto le produce, Sabines piensa que Dios debiera manifestarse al ser humano. La religión católica le respondería que eso precisamente vino a hacer Cristo, como Dios hecho hombre. Sin embargo en la poesía de Sabines no hay una sola referencia a Cristo ni a la redención del gé-nero humano. El quisiera dialogar personalmente con Dios creador y todopodero-so, dador de vida y muerte; lo desespera su silencio pétreo y se rebela contra él.

Esta actitud escenifica las tensiones presentes en el pensamiento de Kierke-gaard, antecedente del pensamiento existencialista.

Kierkegaard16 piensa que la vida se vive como paradoja, y rechaza la dialéctica hegeliana que va de la tesis a la antítesis y a la síntesis; para Kierkegaard, los contrarios son inconciliables.

Es por medio de la interiorización de los estados de conciencia que el ser humano mide el abismo que lo separa de Dios, quien se presenta como lo radi-calmente Otro, lo Innombrable.

Según esta filosofía, existen tres estadios de la experiencia humana: el estético (goce del instante); ético (relación del individuo consigo mismo), y religioso (rela-ción hombre-Dios).

En el primer nivel, la poesía de Sabines es un gran himno al presente, muchos de sus poemas son sucesos más que reflexiones, en ellos el goce vital y la angus-tia se alternan y se superponen en una dinámica llena de sorpresas.

En el segundo nivel, nadie como él para observarse devenir; su poesía en mu-chos casos, parece la transcripción directa de pensamientos y emociones que irrumpen en la conciencia del poeta, sin que él las estructure o vigile. De aquí los contactos manifiestos entre poesía y meditación, y esa extraordinaria frescura de estos poemas que se despliegan ante nosotros como eventos profundamente humanos.

Respecto al nivel religioso, Kierkegaard señala dos etapas: la primera es la in-clusión de lo trascendente en lo finito; la segunda es la resolución de esta parado-ja por medio de Cristo. A este nivel se accede sólo mediante la fe.

16 Soren Kierkegaard (1813-1855) postula el predominio del pensamiento existencial sobre el es-peculativo, y coloca la existencia por encima de la esencia. Su pensamiento da origen al existen-cialismo en sus dos corrientes, encabezadas por Heidegger y Sartre, respectivamente.

Sus obras principales son: O lo uno o lo otro. Un fragmento de la vida (1843); Temor y temblor (1843); El concepto de la angustia (1844) y Estadios en el camino de la vida (1845).

Hay en Sabines una extraña mezcla de atavismo y rebeldía respecto al tema re-ligioso. Su Dios, como tanto se ha dicho, es Dios del Antiguo Testamento, justicie-ro, inflexible, ajeno al hombre. Parece ser que lo importante para Dios es el equili-brio cósmico, no el destino humano:

Mi Dios es sordo y ciego y armonioso

….

La necesidad de una respuesta divina llega a ser tan fuerte, que se convierte en urgencia, en sed y en incendio. Sabines pide agua para mitigar esa sed, agua para extinguir ese incendio:

agua para la sed de Dios que soy entonces,

agua para el incendio de Dios que alimento.

Dios es inaccesible, hermético, más afín a la piedra que al corazón; envía la di-cha momentánea en la que presentimos la eternidad, envía el dolor y la degrada-ción del cuerpo, envía la muerte. Nuca entendemos cuándo, ni por qué.

Para Sabines, Dios es el ciego de mil ojos, el manco de cien manos, el que po-ne los tumores cancerosos en los seres que amamos, porque para conservar esa armonía universal, atropella y destruye lo que el hombre ama. Al individuo común no le consuela el orden cósmico; él sufre por sus pérdidas y está muy lejos de la paciencia de Job.

Ha dicho Jaime Labastida que la voz de Sabines es la de un profeta. Nada más cierto. El profeta es quien nace para dar testimonio, como Jonás, a pesar de sí mismo; con el profeta sentimos caer inexorablemente sobre la humanidad esa espada de Dios que anuncia calamidades y muerte con signos tan dolorosos como el envejecimiento y la enfermedad.

Al estar llenos de Dios, colmados por El, no podemos verlo, porque estamos: Llenos de Dios como una piedra, / con el Dios clausurado, perfecto, de la piedra; cuando nos separamos de la dichosa inconsciencia inorgánica, y preguntamos por Él, nos alejamos de su atmósfera. Recordemos de nuevo a Gorostiza:

Lleno de mí, sitiado en mi epidermis

por un Dios inasible que me ahoga.

A Sabines súbitamente se le revela, ante la muerte de su padre, que entre vivos y muertos se interpone sólo el cuerpo de Dios, que nos limita y nos impide salir de nosotros mismos. Entonces, como corolario, al morir seríamos soltados por Dios, liberados del cuerpo que oprime nuestra libertad. Sabines no responde la pregunta de si hay vida después de la muerte, supone que la muerte afecta tanto a Dios como al hombre.

Si el hombre está hecho a semejanza de Dios,

o Dios a semejanza del hombre,

¿ Qué pasa con Dios cuando el hombre muere?

Vaso vacío

….

Entonces, la muerte del hombre afecta a Dios en la medida de la semejanza en-tre ambos. Más que la dependencia de la creatura, fatalmente sujeta a la voluntad divina, el poeta afirma la interdependencia entre Dios, y el único ser capaz de re-flejarlo, porque el ser humano es el único capaz de adorar o rechazar a la divini-dad, e incluso de negar su existencia.

La libertad humana es el terreno donde Dios se prueba a sí mismo.

Palabras como actos

Las huellas filosóficas más profundas en la poesía de Jaime Sabines provienen del existencialismo de Heidegger y del vitalismo de Bergson.

El imperativo de la acción en el tiempo humano es el conflicto más intenso, la eterna disyuntiva entre hacer o no hacer, actuar o no actuar, en fin, ser o no ser.

La tentación de la nada, que nos seduce para asomarnos al vacío y confrontar la muerte, es causa de la angustia, condición irrenunciable de la conciencia huma-na, enfatizada por Kierkegaard y, en el mismo sentido, retomada por el existencia-lismo.

La disyuntiva entre acción y abstención continuamente nos impele a la toma de decisiones, inevitable, por más que se pretenda postergarla. Recordemos aquello de que él que calla, otorga; tal vez por eso Sabines prolonga con sus palabras el espacio de la inminencia y pospone el advenimiento de una decisión, la cual, una vez tomada, actualiza uno de los mundos posibles, pero no el único, tal como lo plantea Borges en su Jardín de los senderos que se bifurcan..

Según la interpretación de Everett – Wheeler, respecto de las implicaciones de la física cuántica, el universo está continuamente dividiéndose, y cada evento que se actualiza genera su contrario en un mundo alterno.17

Ésta sería la manera científica de explicar el por qué de la angustia existencial, pues cada elección produce, según estas teorías, cambios que modifican la totali-dad del universo, como gran holograma. Esta tensión se mantiene constante en la poesía de Sabines, donde la angustia, y la finitud nos confrontan a cada momento, a través de un clima emocional emanado del propio discurrir poético.

La coexistencia de mundos alternos en diferentes niveles de realidad, nos lleva a sustituir la lógica excluyente del sí – o – no, por la lógica paradójica del sí – y – no.

17 Schrödinger propone el experimento de una jaula que contiene un gato y alimento con veneno; si la jaula se cubre, entonces el gato tiene las mismas probabilidades de estar vivo que de estar muerto: Según la ecuación de Schrödinger, el gato está tanto vivo como muerto, sólo que en dife-rentes ramificaciones de la realidad. Esto es la base de la teoría Everett – Wheeler, que postula tres principios básicos:

1. Aceptar la formulación matemática de la ecuación de Schrödinger.

2. Aceptar que no se colapsa ninguna de las ramas de la ecuación

3. Negar la existencia de la realidad física como algo independiente del sujeto.

Ver: Misticismo y Física moderna. pp. 35-43.

Esto implica aceptar la contradicción inherente a todo pensamiento, y afirmar am-bos términos contradictorios. Esta afirmación de lo uno y lo otro, la encontramos a cada momento en la poesía de Sabines, sobre todo cuando se refiere a lo incon-mensurable, como el amor, Dios o la muerte.

Sabines no teoriza sobre estos asuntos. Simplemente nos seduce y nos en-vuelve en su diálogo interno, provocando en nosotros el milagroso contagio de su temblor metafísico de espíritu grande. Digo diálogo interno, pues el poeta habla con su otro yo, siempre contrario. Así, Tarumba es el interlocutor metafísico, cuando el poeta está sofocado por la cotidianeidad, y por el contrario, cuando el poeta reflexiona y siente miedo ante la muerte, Tarumba es el amigo que lo salva de sí mismo, raptándolo al silencio del campo o a la vorágine de la ciudad.

Paralelo a esta dinámica existencialista se presenta el binomio del Tao, como sabiduría de la contemplación, y de la vitalidad del cuerpo que nos impone sus leyes inflexibles de supervivencia.

La vocación autónoma de la vida, que nos impele a continuar, a luchar siempre por sobrevivir, más allá de la angustia y los conflictos humanos, se manifiesta a través del cuerpo y su sabiduría, siempre abocada a la supervivencia; desde esta óptica, la obsesión por la muerte es simplemente una pose, como, valerosamente lo denuncia Sabines, criticando a los poetas, que hablan de la muerte y no se mueren.

En cuanto al Tao, el poeta es un aspirante de la contemplación, la busca como estado iniciático, sabe que la ausencia de deseos es la verdadera felicidad; pero el poeta nace para hablar a los hombres y el sabio para callar; es por eso que el poe-ta regresa al nivel de las pasiones, a llorar por la muerte de su padre, a llorar sen-cillamente, como los amorosos, por el simple cataclismo de estar vivo.

De la filosofía náhuatl la poesía de Sabines actualiza la duda de la existencia del más allá ¿En verdad existimos aquí ? ¿ Son verdaderos los hombres ? Escu-chamos el eco de estas preguntas cuando el poeta se asombra de que en la tum-ba nadie coma, ni beba, ni padezca frío; le resulta inconcebible una vida ajena al cuerpo; aceptando la ignorancia, detrás de esa frontera que detiene a la muerte, pidamos con el poeta, al menos flores, al menos cantos, mientras que permanece con nosotros el polvo de oro de la vida.

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